EL ATAÚD DE CRISTAL

Un listo sastrecillo salió a recorrer mundo, y llegó una noche a un bosque muy frondoso en el que se perdió.

-Cuando se haga de día -pensó-, veré el camino por el que puedo salir de aquí, así que ahora voy a buscar un buen sitio donde dormir.

En vez de echarse sobre el musgo, como tenía miedo de que hubiese por allí fieras, se subió a un árbol. Una vez allí arriba, vio que no muy lejos había una luz, que podía ser una casa. Bajó del árbol y se encaminó hacia ella.

Se trataba de una choza de cañas, en cuyo interior ardía una vela. El sastrecillo llamó a la puerta, y un viejecito abrió.

-¿Quién eres y qué buscas? -preguntó.

-Soy un sastre que se ha perdido por este bosque -respondió el sastre-. Te ruego que me dejes pasar la noche en tu cabaña.

-¡Fuera de aquí, no quiero nada con vagabundos!

Así gritaba el viejo, empujando la puerta para cerrarla. Pero nuestro sastre le suplicó tanto que, como el viejo no tenía en el fondo mal corazón, le dejó pasar.

Después de que ambos hubieran cenado, el sastre se acomodó en un banco de madera, y se durmió en seguida, pues estaba muy cansado.

A la mañana siguiente, le despertó un gran ruido. Salió de la cabaña para ver de qué se trataba, y vio un gran toro luchando con un ciervo no menos grande. Daban tales patadas que la tierra retumbaba. Al fin, el ciervo mató al toro y lo dejó tendido en el suelo. Luego se abalanzó sobre nuestro amigo, y, tras prenderle con sus cuernos, salió al galope campo a través.

El sastre se agarraba a los cuernos del ciervo con todas sus fuerzas para no caerse, pues iban a tal velocidad que le parecía que volaban.

Al cabo de varias horas de cabalgar, llegaron junto a un muro, y allí el ciervo depositó en el suelo al sastre, que no salía de su asombro.

-¡Sí que me pasan a mí cosas extrañas! -se decía.

El ciervo, entonces, comenzó a dar cornadas a una puerta que había en el muro, hasta que la abrió, y por ella empezó a salir una horrible columna de humo.

El joven sastre no sabía si quedarse o salir corriendo, pero entonces oyó una voz que, desde la cueva, le decía:

-¡Entra, entra, no te pasará nada!

Como era un chico valiente, entró en la cueva, y el humo se disipó rápidamente.

Había allí una gran sala con una gran piedra en medio, llena de extraños signos y escrituras que el sastre no entendía, por más que la miró atentamente. La voz volvió a oirse:

-Siéntate en la piedra, y serás un hombre afortunado.

Se sentó en la piedra, y ésta comenzó a bajar hacia un piso inferior, como si fuera un ascensor. Llegó de esta manera a otra sala más grande aún que la anterior, en cuyo centro había un ataúd de cristal transparente. El sastre se asomó dentro, y vio que en él estaba dormida una joven bellísima, vestida con ricas ropas de amazona, y rodeada por su larga melena rubia. 

El sastre estaba mirándola embelesado, cuando la joven abrió sus ojos, y al verle exclamó:

-¡Abre el candado del ataúd, por favor, y estaré desencantada!

Así lo hizo el sastrecillo, y la joven empujó la tapa del ataud de cristal, y salió de él. Luego se dirigió a un rincón de la sala, y se puso una larga capa de terciopelo que allí había. Se dirigió a la piedra que había bajado al joven y se sentó en ella.

-Ven, siéntate a mi lado y te contaré la historia.

Soy la hija de unos condes que murieron hace tiempo. Mi hermano y yo vivíamos muy unidos, sin pensar en separarnos, hasta que un día un extranjero nos pidió asilo en el castillo por una noche. Le pedimos que se quedara unos días, pues nos pareció un hombre agradable y somos gente sociable. Una noche, me buscó por el jardín del castillo para decirme que deseaba casarse conmigo, y que, para que yo supiera quién era él, iba a demostrarme sus poderes. Entonces, delante de mí, se puso a decir encantamientos y convirtió rosas en lagartijas, gatos en estatuas, y otras cosas que ya no recuerdo.

Yo no quería casarme, y menos con un brujo, así que le dije que no le quería por esposo. Montó en cólera, y se fue.

Al día siguiente, busqué a mi hermano por todo el palacio, y no pude encontrarle. Le pregunté al forastero si le había visto, y por toda contestación se rió en mi misma cara. "No verás a tu hermano si antes no te casas conmigo", me dijo. Entonces, no sé por qué, me vestí de amazona y me fuía buscar a mi querido hermano al bosque. Allí volví a encontrarme al horrible brujo, que llevaba un hermoso ciervo atado por una cuerda. "Este es tu hermano", me dijo.

Yo saqué mi pistola y le disparé un tiro, pero la bala rebotó en su pecho, y mató a mi caballo, por lo cual me caí al suelo y quedé sin sentido.

Cuando me desperté, estaba encerrada en este ataúd de cristal, y el brujo estaba a mi lado. Me repitió que aquel ciervo era mi hermano, y que mi palacio y todos mis criados estaban encerrados en botellas de cristal, convertidos en humo. Todo aquello volvería a su estado normal si yo me casaba con él, pero ni así acepté. También me dijo que sólo me libraría del hechizo un joven que mi hermano eligiera para marido mío. Claro está que, siendo un ciervo el pobre, no era de esperar que fuese capaz de traer hasta aquí ningún pretendiente para mí. Pero, no sé cómo, lo ha conseguido y por fin se acabó mi desgracia y la suya.

Después he dormido durante no sé cuanto tiempo, hasta que hace un noche  soñé que un joven vendría a rescatarme. Por eso cuando te he visto, he comprendido que eras tú.

Ahora, liberemos a todos mis criados y reconstruyamos el castillo.

Diciendo ésto, la princesa empezó a destapar, en compañía del sastre, todas las botellas que allí había, y de todas ellas salía humo de color, que luego se convertía en un criado o una criada de la princesa.

Una vez estuvieron todos libres, quedaba la gran botella que contenía el mismísimo palacio. Montándose todos en la piedra, subieron a la sala de arriba y allí destaparon la gran botella. El palacio comenzó a crecer ante el asombro de todos, hasta que llegó a su tamaño natural.

Después que cada criado, con gran alegría por haber recuperado su antiguo estado, se fuera a trabajar en el palacio, apareció el ciervo que había peleado con el toro y que había transportado también al sastre hasta la cueva.

La joven le dio un beso en la frente, y el animal volvió a ser su queridísimo hermano, que la abrazó con todo cariño.

-El toro que tu viste pelear conmigo a muerte, era el hechicero que tanto daño nos hizo. Por fin está muerto, y tú nos has salvado. Ya no queda más que darte las gracias y pedirte que te cases con mi hermana la condesita.

El sastre, naturalmente aceptó la propuesta muy contento, pues la joven merecía la pena, y todos vivieron felices el resto de sus días, disfrutando de las riquezas que Dios les había dado.

 

Hermanos Grimm

Comentarios: 7
  • #7

    lectors (lunes, 23 mayo 2016 00:30)

    El cuento esta muy lindo y mi princesa se durmio

  • #6

    ?????? (lunes, 29 febrero 2016 01:36)

    Dkdkidiikekekososkekekeoek333k3krrkrkkrrkrkdokkekekekeodrokdkxkrkdkddkdkro

  • #5

    andy (sábado, 03 octubre 2015 22:05)

    Este cuento esta hermoso nunca lo abia leido

  • #4

    SUSANA (domingo, 27 septiembre 2015 14:46)

    HERMOSO CUENTO, NUNCA ANTES LO HABÍA LEÍDO.

  • #3

    Luna García (jueves, 10 septiembre 2015 03:49)

    Esta hermoso. .... me gustó mucho...

  • #2

    paula (viernes, 01 mayo 2015 13:10)

    Que largoooooooooo

  • #1

    pinocho (domingo, 24 agosto 2014 02:49)

    feooo