EL FLAUTISTA DE HAMELÍN

Esta historia sucedió en la hermosa ciudad de Hamelín, donde la vida era feliz, hasta que algo terrible vino a turbar la paz de sus vecinos.

Cierto día, un panadero fue a buscar harina. Para su sorpresa encontró el barril casi vacío, entonces, lo miró por todas partes hasta que por fin descubrió un agujero, por el que en ese mismo momento se escurría ¡una rata enorme!

Salió enseguida para alertar a todos que, al mirar sus despensas, las hallaron llenas  de ratas y ratones.

Y las ratas eran tantas y tan atrevidas que husmeaban los guisos de las cacerolas, sorbían la sopa de los cucharones y trepaban por los delantales de las cocineras.

Tan insoportable se hizo la vida que los vecinos se hartaron y fueron a exigir una solución al alcalde que, hasta entonces, no había hecho caso de sus quejas. Armados con cazos y cucharas, marcharon todos juntos al ayuntamiento y gritaron enfadados:

-¡Queremos una solución!

Y golpeaban con tanta fuerza sus cazos que las autoridades no se atrevían a salir. Y los gritos seguían:

-¡Esto no hay quien lo aguante!

El alcalde no tuvo más remedio que dar la cara.

-Queridos amigos -empezó...

Pero no pudo seguir.

-Eah, eah, eah -cantaba la gente- ¡el alcalde fuera!

En nombre de todos habló un vecino:

-Si mañana queda una sola rata en Hamelín, ya puedes despedirte de tu cómodo sillón. ¡Inutil, siverguenza!

Un profundo silencio se hizo en la plaza y ya se iba el alcalde, cuando se oyeron unas pisadas. Era un forastero que nadie había visto antes en Hamelín. 

Un extraño personaje que vestía una capa carmesí. Era espigado, de cabellera larga y oscura, tenía la mirada azul y una radiante sonrisa.

Entonces, el desconocido dijo:

-Señores, os ruego disculpéis que os interrumpa. Pero sé del mal que asola vuestra ciudad y os aseguro  que tengo la solución: Puedo limpiar de ratas Hamelín, si lo dejáis en mis manos.

Y mostrando en ellas una flauta reluciente, añadió:

-Poseo un secreto hechizo musical irresistible para ellas. Y es eficaz no sólo contra las ratas, sino contra cualquier alimaña, insecto o mal bicho que ande, nade o vuele...

Un vecino guasón dijo:

-¡Prueba con el alcalde!

Todos rieron y el alcalde, rojo de ira, se atrevió a espetar:

-¿Qué acabas con las ratas tocando la flauta? ¡Qué iluso!

-Si señor y, si dudáis de mi palabra, dadme sólo unas horas, nada perderéis con ello. Pero, si digo la verdad y, puesto que soy un hombre pobre, quiero a cambio de mi labor cien monedas de oro.

El alcalde no pudo menos que aceptar:

-Muy bien. Tienes mi palabra, si echas a las ratas, pagaré lo que pides.

El flautista giró graciosamente y comenzó  a tocar su flauta por las calles de Hamelín. Y al son de su mágica melodía comenzaron a salir de agujeros, sótanos , cuevas y a saber de dónde más, miles de ratas que iban formando filas cada vez más largar tras el músico.

Finalmente, el joven tocó tres notas agudas y se dirigió hacia el caudaloso río que pasaba cerca de Hamelín. Tras él, danzaban las ratas hechizadas. Y una tras otra, sin darse cuenta, caían al río  al son de la flauta, mientras él sonreía y tocaba, tocaba y sonreía...

Entre tanto los hemelinenses, locos de alegría, salieron a la calle para aplaudir al flautista y, agradecidos, lo acompañaron a buscar su recompensa.

Pero el alcalde los recibió apropiándose del éxito:

-Mis queridos amigos -decía- ya veis que os he librado de la plaga que azotaba Hamelín...

Y todos lo abuchearon, pero el alcalde -como si no oyera -seguía pavoneándose. Hasta que el forastero lo interrumpió  y preguntó amablemente:

-¿Qué hay de lo pactado? Te cedo el mérito, pero me debes cien monedas de oro.

En alcalde pensó: ¿Cien monedas de oro a este vagabundo?, cien azotes le daría yo. Y haciéndose el desmemoriado, respondió:

-¿Qué te debo yo algo a ti?

-Prometí librar a la ciudad de las ratas y eso he hecho.

-¡Que disparate! Lo único que hemos visto es que las ratas salieron a dar un paseo y, equivocando el rumbo, cayeron al río y se ahogaron.

Un murmullo de protesta se oyó entre la gente y el flautista dijo, muy serio:

-Has dado tu palabra, ¡cúmplela!

-¿Yo? -dijo con desprecio-. Como mucho te daré una moneda.

Y la arrojó al aire.

El flautista la dejó caer al suelo y advirtió:

-¡Ten cuidado!  Mi flauta mágica no sólo hechiza las alimañas, ni no cambias de idea, lo sentirás.

El flautista se giró y empezó a tocar una melodía tan llena de dulzura y armonía que llegaba al corazón. Y pronto, tra él volvieron a formarse largas filas, pero esta vez eran niños que salían de sus casas para danzar por las calles haciendo sonar sus zapattos, escarpines, zuecos y botitas.

Y así se fueron alejando el flautista y los niños de Hamelín, hasta cruzar sus límites y seguir más y más lejos.

Cuando los papás y mamás de Hamelín llamaron a sus hijos para que volvieran a casa ninguno contestó. Pero uno pequeñito que había quedado atrás que apensa sabía andar, les explicó dónde estaban.

Entonces, recordaron la avaricia del alcalde y su injusto trato al flautista y comprendieron que éste se había vendado llevándose a sus hijos. ¡La que se armo!

Cogieron al alcalde por la barba, lo llevaron a rastras hasta el pie de la colina y lo obligaron a decir:

-Flautista, querido amigo, ver por favor, te doblaré la recompensa....

Pero sólo respondía el silencio y los ecos de risas infantiles.

Un padre intervino:

-No hará caso de este miserable y con razón. ¡Necesitamos otro emisario!

Después de parlamentar, decidieron enviar al niño rezagado con la recompensa, seguido por una comitiva para rogar al flautista que devolviera a los niños.

Y así se hizo justicia: el músico mágico recibió su merecida paga y cada niño volvió a su casa.

Pero eso sólo fue posible gracias a un pequeño inocente, vecinos de corazón generoso y muy buena voluntad.

En cuanto al alcalde, esa misma noche huyó de Hamelín, a donde no volvió nunca, igualito que una rata.

 

FIN