Guillermo un ratón de biblioteca

Guillermo era un ratoncito de biblioteca a quien todos llamaban Shakespeare porque le gustaba mucho leer. Ya de pequeñito sorprendió a sus papás comiéndose de una sentada el primer capítulo del Quijote.

Una mañana de primavera, mientras buscaba afanosamente entre libros y más libros recetas de pastel de queso, se coló en la habitación una mariposa.

-¡Hola!, dijo

-¡Hola!, contestó Shakespeare.

-¡Ay, señor Shakespeare!

¡Estoy agotada!, vengo del jardín y ha sido un viaje larguísimo.

Creí que no se iba a acabar nunca.

-Descanse, señorita, descanse.

Allí mismo, encima del tintero se puede usted sentar, digo, perdón, posar.

-Verá usted, vengo a traerle un recado de parte de su primo y familia. Ya sabe, los ratones del jardín...

-¿Ah, sí?, se lo agradezco muchísimo -y Shakespeare sonrió feliz.

-El caso es que su primo Pedro ha encontrado un enorme pedazo de queso. Un tesoro, vamos. Y dice que le encantaría que usted fuera a merendar 

-quiern celebrar la fiesta por todo lo alto- y a dar su opinión.

Todos saben que usted es el ratón que más entiende de quesos en toda la comarca.

-Modestamente, uno estudia... -dijo Shakespeare bajando los ojos- Lo que pasa es que para llegar al jardín tengo que atraversar el pasillo, y en el pasillo...

-¿Los gatos?

-Pues sí.... los gatos. Bueno, las gatas -Shakespeare suspiró hondamente.

-Podría usted subirse en el carrito del té. Ya sabe. El carrito en que la señora de la casa lleva la merienda al jardín. Sería una manera más segura de recorrer el pasillo.

Shakespeare se quedó muy pensativo. Muy pocas veces había salido de aquella habitación. Había heredado de sus padres, que también habían sido ratones de biblioteca, un carácter apacible y una afición muy grande por los libros. 

Se sentía muy bien oliendo y mordisqueando las blancas hojas y enterándose de tantísimas cosas que había que saber.

Pero.... Por otro lado... una aventura una vez en la vida...

Mientras tanto la mariposa revoloteaba delante de un espejo encontrándose guapísima.

-Eres muy bonita -murmuró para sí misma con su vocecita aflautada.

-¿Como dice? -preguntó Shakespeare saliendo de su ensimismamiento.

-¡Oh! ¡Nada! -y la mariposa enrojeció.

-Bueno, señora, pues digale  usted a mi primo Pedro que.. sí... que haré todo lo posible por estar en el jardín a las cinco de la tarde -y el ratoncito volvió a suspirar.

Shakespeare y la mariposa se despidieron cortésmente y la mariposa desapareció por la ventana en el cielo azul añil.

Shakespeare tenía problemas. Dos problemas que se llamaban Valentina y Jerónima, que eran dos relucientes gatas siamesas que merodeaban continuamente por el largo pasillo que separaba la biblioteca del jardín. Las gatas eran muy bonitas y, a lo mejor hasta simpáticas, pero.... no con los ratones.

Ya se sabe que los gatos se comen a los ratones y Shakespeare era un ratón, era el primero en saberlo y por eso tenía miedo de salir fuera de su biblioteca, donde vivía defendido por los lomos de sus libros y podía esconderse en cualquier rincón.

A las cinco menos cuarto del reloj de la cocina dió la hora y Shakespeare asomó el hocico fuera de la habitación, oteando el pasillo. Vacío. Su corazón latía con fuerza. Oyó, de pronto, el silbido de la tetera, donde el agua hervía cantando su canción de todos los días. Entonces echó a correr más veloz que un Super-ratón, llegó a la cocina y se escondió detrás de unas escobas. Cuando la señora de la casa se volvió de espaldas para alcanzar unas servilletas, Shakespeare se dió otra carrera y dió un salto, aterrizando sobre el carrito y escondiéndose acto seguido entre la tetera, los botes de mermelada y demás.

Al cabo de un rato la señora empezó a empujar el carrito y Shaspeare sentía que el mundo se movía bajo sus piés.

-¡Que gusto! ¡Parece el tren!

¡Que aventura más apasionante!

Echó una mirada a su alrededor y empezó a pasearse entre las cosas del té. 

-¡Hum! ¡Mermelada de fresa!

¡Que delicia! ¡Ay, amigo, no te vayas a caer en la lecherita! ¡Oh, qué caliente está la tetera!

Pero, de repente, en la oscuridad del pasillo, brillaron dos pares de ojos azules. Shakespeare, antes de verlos, los había intuido y temblaba como sólo puede temblar un ratoncito ante una gata. Bueno, ante... dos gatas...

Y se refugió en medio del azucarero, pero enseguida sintió un rayo de sol sobre su nariz.

Había llegado al jardín, dejando atrás a los gatos.

¡Que maravillosa sensación de felicidad para un ratoncito de biblioteca, siempre encerrado entre libros, ver tanta luz y tanto verde!

Shakespeare, sacudiéndose el azucar de sus largos bigotes, saltó a la yerba y corrió al encuentro de sus primos, que le esperaban contentísimos.

La merienda fue estupenda. Shakespeare dictaminó que el queso era un soberbio manchego y todos aplaudieron su sabiduría. La familia del primo Pedro le mimó muchísimo, porque Shakespeare era encantador y todos querían que se quedara a vivir en el jardín, dejando la biblioteca y el miedo a que se lo tragara un gato o una gata.

Al fin, Shakespeare aceptó y en su nueva vida llegó  a ser un experto en flores y plantas.

Tuvo muchos ratoncitos de su boda con su prima segunda; yo lo sé muy bien porque uno de ellos  -que ha heredado el carácter de su padre- vive en mi biblioteca.

Y esta es la historia de Guillermo el ratón, a quien todos llamaban Shakespeare.