El caballito de mar y el rey Feofíceo

Érase una vez un caballito de mar. Nadaba entre las olas cuando rompían en la orilla y a veces lo arrastraban hasta una piscina de rocas donde jugaban las hadas del agua.

Allí se divertían juntos jugando al escondite y, de vez en cuando, el caballito dejaba que las hadas montaran sobre su lomo.

Seguramente, el caballito de mar hubiera vivido así feliz siempre, pero una noche oscura se desató una terrible tormenta.

Los truenos retumbaban sobre su cabeza y los relámpagos destellaban en el cielo.

El pobre caballito de mar estaba aterrorizado y comenzó a nadas alejándose tanto de su casa que, por desgracia, fue a parar a las profundidades y oscuras aguas en las que habitan los feofíceos. Y por si no lo sabíais, los feoficeos son duendes malos y feos a los que todas las hadas buenas tememos.

El mar estaba muy revuelto. Las enormes olas arrastraron al caballito de mar en un remolino de espuma. Mientras giraba confusamente, sintió que algo lo atrapaba por la cola. ¡Era un feofíceo!

-¡Te he pillado! -gritó la horrible criatura.-

Serás un plato delicioso para la cena del rey.

El caballito de mar intentó zafarse de la pegajosa garra, pero el feofíceo lo agarraba con fuerza y nadaba con su presa hasta el fondo del mar.

Allí abajo el mundo era diferente, el caballito nunca había visto antes un lugar como ese.

El feofíceo lo llevó a través de un bosque de algas extrañas, tan grandes como árboles, hasta una enorme cueva. En el interior, sentado en un trono de rocas y rodeado de gordas babosas, pudo ver al más grande y horrible de todos los feofíceos. Era el rey Feofíceo, que sonrió al caballito de mar mientras le echaba su apestoso aliento de huesos podridos.

-Encerradlo -dijo el rey- me lo comeré para cenar.

Antes de que el caballito de mar pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, el feofíceo lo arrojó dentro de una almeja gigante y cerró la concha con fuerza. ¿Qué va a ser de mí? -se preguntó el caballito de mar en la oscuridad- Esto es el fín. No podía dejar de pensar en su casa, en la orilla del mar junto a las hadas... Pero las hadas sabían todo lo que le había sucedido al caballito de mar (las hadas tenemos un sentido especial para saber esas cosas) y ya estaban volando hacia allí para ayudarlo. Os puedo asegurar que eran muy valientes, porque todas las hadas tenemos miedo a los malvados feofíceos y nuestra magia no es eficaz contra ellos. Sin embargo, el caballito de mar era su amigo y querían hacer todo lo posible para salvarlo.

Las hadas encontraron enseguida la espantosa cueva y se escondieron detrás de la almeja.

A la hora de la cena, el rey Feofíceo agarró al caballito de mar y abrió su enorme boca...

-¡Por favor, por favor, no se lo coma! -gritaron las hadas mientras salían nadando de su escondite.- Por favor, deje que se vaya.

El rey se sorprendió al ver a las hadas de agua. Nunca nadie se había atrevido a acercarse a él.

Entonces, miro al caballito de mar con sus ojos saltones. Pensó que era un bocado demasiado pequeño y que no valía la pena molestarse por él. Pero era demasiado malvado para dejarlo libre y pensó en la manera de divertirse a su costa. Se giró hacia las hadas y dijo:

-Por esta noche, tendré clemencia. Pero tendréis que traerme un mechón del cabello de una sirena antes de que amanezca si no...

¡ME LO COMERÉ!

El caballito de mar tembló de miedo cuando el rey ordenó que lo volvieran a encerrar en la almeja. Pero antes, las hadas le murmuraron al oído:

-Déjalo en nuestras mano. Pronto te liberaremos. Volveremos con el mechón antes del amanecer. Confía en nosotras.

En efecto, a la mañana siguiente, justo en el momento en que el sol se asomaba por el horizonte, las hadas del agua volvieron con el mechón. El rey se puso furioso. Estaba convendido de que les había encargado una tarea imposible. Así que decidió retener al caballito un día más.

Las hadas pensaron que el rey estaba siendo injusto y se quedaron junto a la almeja.

Una vez más, a la hora de la cena, el rey Feofíceo agarró al caballito de mar y abrió su boca. El caballito de mar estaba aterrorizado y tembló de cola a cabeza.

-¡Por favor, por favor, no se lo coma! -gritaron las hadas.

El rey se quedó pensativo por un instante y dijo:

-Por esta noche, tendré clemencia. Pero tendréis que traerme la sombra de un niño antes de que amanezca o si no...

¡ME LO COMERÉ!

El rey pensaba que las hadas no podrían cumplir esa tarea y el caballito de mar también lo creía así. Las lágrimas caían por su trompa cuando le encerraron en la almeja una vez más. Pero antes de que se cerrara, las hadas le murmuraron al oído:

-Déjalo todo en nuestras manos. Pronto te liberaremos. Volveremos con la sombra antes del amanecer. Confía en nosotras.

Esta vez las hadas volaron hacia la oscuridad de la noche. La luna brillaba sobre la tierra y podían verlo todo con claridad.

Pronto divisaron lo que realmente estaban buscando. Plegaron sus alas y se deslizaron sobre un rayo de luna hasta un precioso jardín, donde se encontraba la estatua de un niño con su sombra proyectada por la luz de la luna.

En un abrir y cerrar de ojos, las hadas enrollaron la sombra y la ataron con los hilos de una telaraña. Después volaron hacia el mar tan rápido como podían sus alas. El sol comenzaba a asomarse cuando se sumergieron en las ola hacia la cueva de los feofíceos.

Podréis imaginar que el Rey feofíceo saltaba de rabia cuando las hadas le entregaron la sombra del niño (aunque estuviera un poco arrugada después del viaje). ¡Estaba tan convencido de que les había encomendado una tarea imposible!. Así que retuvo al caballito de mar un día más, mientras que las hadas permanecieron cerca. Una vez más, a la hora de la cena, el rey agarró al caballito y abrió su boca.

-¡Por favor, por favor, no se lo coma! -gritaron las hadas por tercera vez. -Haremos cualquier cosa con tal de que lo deje libre.

El rey sonrió cruelmente. Esta vez sí había pensado en algo que las hadas no serían capaces de hacer-

-Por esta noche, tendre clemencia -dijo. -Pero tenéis que traerme todos los colores del arco iris antes de que amanezca. Si sois capaces de hacerlo, dejaré que el caballito se vaya.

Las hadas volaron hacia la orilla del mar, donde vivía la Reina de las Hadas. Sólo ellas sabían que la reina tenía un collar de piedras preciosas centelleantes recortadas de un arco iris.

Cuando las hadas le hablaron del caballito a la reina, ésta les entregó el collar rápidamente.

-Tomad, -dijo- llevadle el collar a ese feofíceo malvado. Podéis estar seguras de que se arrepentirá toda la vida de haberos pedido tal cosa.

Las hadas volaron hasta la oscura profundidad de la cueva de los feofíceos con el collar. Cuando el sol comenzaba a salir se lo entregaron al rey. Cada piedra preciosa brillaba con un color del arco iris, como la cola de un cometa.

El rey les arrebató el collar y, de pronto, dio un alarido de dolor al sentir cómo las piedras le quemaban entre los dedos como brasas, humeantes y siseantes entre las burbujas del mar, Intentó soltar el collar, pero fue en balde.

-Sólo los témpanos de hielo más frios del mar del norte pueden deshacer esas piedras preciosas -dijeron las hadas al rey. -Nosotras hemos hecho todo lo que nos has pedido, ahora es tu turno.. deja libre al caballito.

Inmediatamente, la almeja se abrió y el caballito salió nadando, feliz de ver a sus amigas las hadas. 

El rey feofíceo salió corriendo y gritando hacia el frío del norte. Desde entonces nadie ha vuelto a saber de él.

Hasta donde yo sé, el caballito de mar todavía vive cerca de la orila.. y las hadas siguen montando sobre su lomo y jugando con él.

 

FIN