BARBA AZUL

En un país perdido entre montañas vivía un señor feudal que tenía muy mal genio. A causa de ello, ninguna muchacha quería ir a servir a su castillo.

Buscadme una criada donde sea -dijo un día el señor feudal a unos conejos.-. En recompensa, os dejaré comer las zanahorias de mi huerto.

-¿Trabajar en tu castillo? -dijeron los conejos, echando a correr-. ¿No sabes que todos te llaman "Barba Azul" a causa de tu mal genio y de tu barba azulada?

-¡Fuera de mi vista, deslenguados! -gritó "Barba Azul", demostrando así su mal genio.

Un día, desde un pueblo muy lejano, llegaron al castillo dos hermanas. La morena se llamaba Ana María y la rubia se llamaba Rosa y las dos buscaban trabajo.

-Muy jóvenes me parecéis para ocuparos de tan duros menesteres, muchachas -dijo "Barba Azul"-. Pero me quedaré con vosotras.

Pasaron los días y Barba Azul se sentía muy contento de haber empleado a las dos muchachas.

-¡Ja, ja, ja! -pensó-. Trabajan sin parar durante todo el día y comen como dos pajaritos. ¡Estas son las criadas que me convenían!

Cierta mañana que Rosa había salido a la compra, Barba Azul dijo a Ana María, entregándole un manojo de llaves:

-Voy a estar unos días fuera. Toma estas llaves para que, durante mi ausencia, puedas abrir y limpiar todas las habitaciones. Pero no abras la puerta del gabinete azul.

Pero Ana María, que era muy curiosa, no pudo resistir la tentación de abrir la puerta del gabinete azul.

-Seguramente -pensó-, mi señor guarda en esa habitación un hermoso tesoro.

Pero en la habitación no había ningún tesoro, sino varias niñas convertidas en estatuas de piedra.

-¡Oh! -gritó Ana María, muy asustada.

-A ti te ocurrirá lo mismo que a ellas -dijo el gato-. Mi señor las convirtió en estatuas de piedra por haber sido tan curiosas como tú.

 

Barba Azul regresó al castillo antes de lo previsto y sorprendió a Ana María saliendo de la habitación azul.

-¡Perdón! -suplicó Ana María.

-¡No hay perdón para ti! -respondió Barba Azul-. Has entrado en la habitación prohibida y voy a castigarte como a las otras.

Cuando Rosa regresó al castillo y se enteró de lo sucedido, se abrazó llorando a su hermana.

-¿Qué podemos hacer?

-Sube a una de las torres -dijo Ana María-, a ver si llegan nuestros hermanos.

-¿No recuerdas que hoy prometieron venir a visitarnos?

-¡Hermanita, hermanita! -gritó la muchacha-. ¿Ves algo?

-¡No! -respondió Rosa-. Sólo veo una nube de polvo y los cuervos que revolotean alrededor del castillo.

-¡Os voy a convertir a las dos en estatuas! -gritó Barba Azul.

-¡Perdón, perdón! -suplicaron las dos muchachas.

Pero entonces llegaron los hermanos de Rosa y Ana María y se llevaron preso a Barba Azul por orden del Rey.

Al salir Barba Azul del castillo, todas las estatuas recobraron su forma primitiva.

Rosa y Ana María se quedaron a vivir en el castillo y celebraron una alegre fiesta con todos los animalitos del bosque.


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