EL ZORRO Y EL GATO

-¿Puedo ir a dar un paseo por el bosque? -pidió el gato a la granjera -. Estoy cansado de cazar ratones en la bodega y quiero respirar un poco de aire puro.

-Ve -concedió la granjera -. Pero no tardes mucho.

-¿Adonde vas? -preguntaron los peces al gato, que decidió trasladarse a la otra orilla del rio a bordo de una barca.

-Voy a pasear por el bosque -respondió el gato-, pues estoy cansado de estar encerrado en la bodega de la granja.

Caminando por el bosque, el gato se encontró con un astuto zorro.

-¿Qué tal te van las cosas? -preguntó el gato-. Lo digo porque  a mí me van muy mal. Mi dueña me tiene encerrado en casa y me obliga a estar cazando ratones todo el día.

-¿Cómo te atreves a tutearme? -se enfadó el zorro-. Eso me ocurre por acercarme a un vulgar cazarratones como tú. ¿Qué educación has recibido? ¿En cuántas artes eres maestro?

-Sólo en una -respondió con humildad el gato.

-¿Se puede saber en cuál? -se digno a preguntar el zorro.

-Si -respondió el gato-. Cuando los perros corren tras mí, tengo gran habilidad para trepar a un árbol y así me pongo a salvo.

-¡Ja, ja, ja! -se burló el zorro-. ¿Eso es todo, pobre amigo? Yo soy maestro de cien artes y, por añadidura, tengo un saco lleno de artimañas y malicias.

-¡Que suerte! -se admiró el gato.

Me das lástima -dijo el zorro con gesto protector y haciendo un gesto para que le siguiera. Voy a abrir para tí mi saco de artimañas para escapar de la persecución de los perros.

El gato, agradecido, no dudó  en acompañar al zorro.  Pero, en aquel momento, un cazador irrumpió en el lugar, gritando a sus perros.

-¡Un zorro! ¡Atrapadle! ¡No le dejéis escapar!

El gato, de un salto, se subió a un corpulento árbol con la intención de ocultarse en lo más frondoso de sus ramas.

-¡Esperadme! -dijo el zorro, temblando-. ¡Los perros me van a atrapar!

Los perros sin darle tiempo a defenderse, se lanzaron sobre el zorro, animados por los gritos del cazador.

-¡Auxilio! -gritó el zorro-. ¿Es que nadie va a acudir en mi ayuda?

-¿Qué haces? -se extrañó el gato, resguardado en lo alto del árbol-. ¿Por qué no abres tu saco de experiencia y usas una de tus tretas para escapar de los perros?

Como es de suponer, el cazador no tardó en atrapar al pobre zorro.

-¡Adiós, señor zorro! -gritó el gato-. Tú con tus cien artes y tu saco de artimañas no te has librado de ser cazado. En cambio yo, con sólo trepar a un árbol, estoy a salvo.

 

FIN