EL DINERO O LA SUERTE

Esto eran dos amigos que tuvieron una discusión. Uno decía que el dinero lo puede todo, y el otro, que no, que es la suerte la que manda en la vida de los hombres. Como no se pusieron de acuerdo, decidieron hacer un experimento y apostarse una fuerte cantidad de dinero. Sólo necesitaban a un hombre pobre, saludable y honrado.

Tras ir de un lado para otro, dieron con un molinero, buen padre de familia y muy trabajador.

-Amigo, ¿cuánto gana usted? -le preguntaron.

-Diez pesetas al día.

-¿Y con eso puede usted vivir?

- A duras penas, pero no me quejo.

-¿Y usted cree que algún día se hará rico?

-¡Ni con suerte! -exclamó el molinero- Los pobres no tenemos más riqueza que la salud y la honradez.

-Esta bien. Pero supongo que no le importaría disponer de alguna cantidad para empezar una nueva vida. Por ejemplo, cien mil pesetas.

-Pues, mire usted, depende.

-¿Depende de qué?

-De cómo venga ese dinero. Porque si no es limpio, no lo tomo.

-Hombre, tan limpio como que nosostros se lo damos.

-¿Y por qué? -preguntó el hombre, muy escamado.

Entonces, los dos amigos le explicaron el pleito que tenían entre ellos, y cómo él podría usar aquel dinero con toda libertad. Si conseguía hacerse rico, ganaba uno de los dos amigos, y si no, ganaba el otro.

Después de pensarlo un momento, el molinero decidió aceptar, aunque no se sentía muy seguro. Recibió las cien mil pesetas y marchó para su casa.

Por el camino iba dándole vueltas en la cabeza a aquel asunto, y hasta llegó a pensar si no estarían poniendo a prueba su honradez, o acaso su inteligencia. ¿Y si era dinero robado? Después de todo, él no conocía de nada a aquellos señores. No se sentía seguro el hombre y resolvió que de aquella cantidad sólo tocaría un poco para comprarle carne a su familia. El resto lo guardaría y se lo devolvería a los señores en cuanto les echara la vista encima.

Bueno, pues compró el hombre una buena cantidad de carne para un guiso, y lo que le sobró, que era casi todo, lo guardó en una talega.

Iba de regreso al molino, donde vivía con su familia, cuando de pronto vino a atacarle un gavilán enorme, que acudía al olor de la carne. El hombre porfió con el animal por defender la comidad de sus hijos, pero lo que consiguió fue que el gavilán le arrebatara la talega del dinero, y con ella remontara el vuelo hasta desaparecer.

Muy preocupado por lo sucedido, el hombre apenas probó bocado del sustancioso guiso que preparó su mujer con aquella carne, ni pudo deleitarse viendo el apetito con que sus cinco hijos devoraban un manjar tan suculento como inesperado.

Pasó algún tiempo, y estando un día el molinero a vueltas con los sacos de harina, se presentaron de nuevo los dos señores, a comprobar en qué había cambiado su vida.

Viendo que era la misma de antes, quisieron saber qué se había hecho con las cien mil pesetas. Muy apurado, el milinero les contó la verdad. Pero como era tan increible, notó que aquellos dos personajes no le daban crédito; sobre todo el que defendía que es la suerte la que gobierna la vida de los hombres.

-Está bien, amigo -dijo éste último-. No se apure usted, que yo estoy seguro de que le va a ir mejor con la suerte. Tome usted este trozo de plomo, que aunque no tiene ningún valor, puede que usted le encuentre un uso más adecuado que al dinero.

El pobre hombre tomó aquel extraño obsequio, más desconcertrado aún que la otra vez. Lo metió en un cajón y se olvidó de él.

Días más tarde, se presentó la mujer del pescador a pedirle a la del molinero si no tendría por casualidad un trozo de plomo, pues su marido no reunía bastante para componer unas redes nuevas. La molinera, que había visto aquel trozo de plomo por allí, se lo entregó, sin darle la menor importancias.

Aquella misma tarde se presentó de nuevo la mujer del pescador, con un pez muy grande.

-Toma, vecina, de parte de mi marido. Que parece que el plomo que me diste le ha traído buena suerte. Y gracias.

-De nada, mujer. Para eso estamos los vecinos.

Bueno, pues ocurrió lo más increíble de todo. Y fue que aquella noche, cuando la molinera cortó el pescado para repartirlo a su familia, tropezó con el cuchillo con un objeto muy duro. Lo sacó y resultó ser un diamante como un huevo de paloma, tan reluciente que dañaba la vista.

-¡Menudo pedrusco! -exclamó uno de los hijos-

-¡Esto sí que es suerte! -dijo otro-. ¡Debe de valer un dineral!

En toda la noche pudieron pejar ojo, mirando el diamante y haciendo cábalas acerca de su valor.  Y como no tenían ni idea, el molinero fue a llevárselo al joyero del pueblo. Éste, nada más verlo, fué a dar un grito de asombro, pero se contuvo, pues en seguida calculó el negocio.

-¿Cuánto me da usted por él? -preguntó el molinero.

-Pues, hombre, teniendo en cuenta que no es fácil de vender en el mercado un diamante tan grande.... cien mil pesetas.

El molinero acetó sin pestañear. Pero o cierto es que la piedra valía cien veces más de lo que le habían ofrecido y que el joyero era un tunante. Al molinero, sin embargo, le bastó para emprender una nueva vida, que fue sencillamente comprar el molino donde trabajaba y seguir haciendo lo mismo de siempre, pero sin depender de su amo.

Transcurrieron varios meses, y un buen día se presentaron los dos señores a ver qué pasaba. No notaron mucho el cambio, ni se creyeron tampoco la extraordinaria historia del pez con el diamante. Pero tanto juró el molinero ser cierta, que fueron a visitar al joyero para confirmarla. Naturalmente el joyero negó que aquella compra-venta hubiera tenido lugar y dijo no conocer siquiera al molinero, para no delatar que le había estafado. Y el molinero, muy entristecido, volvió a su casa, sin haber podido convencer a aquellos dos señores de su honradez ni de nada.

Y los dos señores se enzarzaron en una nueva discusión. Uno decía que el molinero había mentido la primera vez, y el otro, que la segunda. Y todavía siguen discutiendo.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.