Mi trabajo como Hada de los dientes

Os voy a contar la historia de los días en que fui un Hada de los Dientes.

Era mi primer trabajo y no lo hacía demasiado bien. Una noche cometí un terrible error. Todo comenzó de esta manera....

Acababa de acurrucarme en la cama. Mi almohada estaba llena de sueños y me preparaba para dormir profundamente cuando, ¡Talán, talán!, sonó la campana de los dientes. Nunca se sabe cuándo a alguien se le va a caer un diente ni cuándo un hada de los dientes debe ir a recogerlo.

Los niños se pasan el día entero moviéndose los dientes para que se les caigan. Un diente difícil puede mantenerse sujeto de un hilo durante días. Entonces, cuando su dueño menos se lo espera, ¡sorpresa!, se cae solo. Eso es exactamente lo que le sucesió a un niño que se llamaba Joaquín.

Joaquín llevaba todo el día tirando de su diente. Era una paleta y las paletas son siempre los dientes más dificiles. Pero aunque ya estaba casi suelta, no acababa de caerse. Sin embargo, cuando Joaquín se puso a masticas un caramelo se le cayó. Allí estaba, era una buena paleta, aunque un poco pringosa.

Os sorprenderá saber que hay personas que no creen en las hadas. Es triste, pero es verdad. Curiosamente, los niños que dicen no creer en ellas cambian de opinión en cuanto se les cae un diente.

Así sucedió con Joaquín.

-¿Las hadas me traerán mucho dinero?

-preguntó a su madre antes de irse a la cama.

-No sabía que creías en esas cosas

-contestó ella.

-Hum..bueno, si, si que creo -dijo Joaquín poco convencido- ¿Cuánto crees que me traerán por mi diente?

-No mucho, con esos pegotes de caramelo que tiene -contestó su madre.

Así que Joaquín cepilló su diente hasta dejarlo reluciente. Después, lo colocó debajo de la almohada y se quedó dormido. En ese mismo momento sonó la campana de los dientes y yo salí corriendo a buscarlo.

Joaquín vivía en el número sesenta y dos de un rascacielos en medio de una gran ciudad. Para las hadas las ciudades son muy confusas, así que tardé un buen rato en encontrar el lugar. Una vez dentro del edificio, descubrí que tenía muchos pisos. En cada piso había un montón de puertas con números.

Os tengo que contar que nunca he sido muy buena con los números. Os puedo regalar Tres deseos sin ningún problema. Sé cuanto son cinco guisantes. A partir de ahí me hago un auténtico lío.

Aquella noche volé por un montón de pasillos mirando todos los números y cada vez me liaba más y más. Finalmente, pará frente al número veintiséis. Creí que era el número correcto y entré por la cerradura. Enseguida, me convencí de que había encontrado la habitación de Joaquín. El pequeño estaba acurrucado debajo de las sábanas y en la mesita de noche, dentro de un vaso de agua, flotaban unos dientes. No un solo diente, sino una dentadura entera.

Un hada con más experiencia se hubiera dado cuenta de que algo iba mal. Pero debéis recordar que yo era una principiante y me pareció muy emocionante encontrar tantos dientes a la vez. Me los llevé y dejé la bolsa llena de oro.

En mi opinión, era un cambio justo.

Pero mas tarde, cuando le mostré a la jefa de las hadas de los dientes lo que había encontrado, se enfadó muchísimo.

-¿Cómo puedes ser un hada tan tonta? -gritó.-

Son falsos. ¡Falsos! ¡No podemos hacer perlas con dientes falsos! Sólo nos sirven los dientes más blancos, los dientes de los niños. De eso están hechas las perlas de las hadas.

Así que perdí el trabajo. 

Aquella misma noche, otra hada fue al piso número seseta y dos a recoger el diente de Joaquín. A la mañana siguiente el niño encontró una moneda de plata debajo de la almohada y se puso muy contento.

El dueño de los dientes del piso número vintiséis era un abuelito llamado Damián.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, se sorprendió mucho al encontrar una bolsa llena de oro en lugar de su dentadura postiza (que de todas formas nunca le había encajado bien). Desde entonces, empezó a creer que las hadas realmente existen.